Más allá de las cuestiones obvias, la Salud Mental Docente es una pieza clave de la salud y las oportunidades de crecimiento de los alumnos. Son las buenas relaciones, unidas a una claridad y profesionalidad didáctica las que promueven el aprendizaje efectivo y el desarrollo moral y psicológico de los estudiantes.
Y son muchos los niños y niñas, adolescentes y jóvenes que no tienen un referente de calidad y salud con el que vincularse. O lo han tenido pero, por algún motivo, ahora hace aguas. Muchas de sus conductas, poco relacionadas con el estudio y el aprovechamiento escolar, no son solo una descarga o una reclamo de atención por un dolor emocional que pide ser visto. Son en sí mismas un intento de relación.
Esos intentos de relación responden bien a la empatía docente. Pero ¡ojo!, no hablamos de la expresión popularizada de «ser empático» como ser comprensivos y tolerantes. Al contrario, hablamos de una forma disciplinada de responder conectando con la persona y ayudándole a conectarse consigo misma, que le permite reflexionar, abrirse vulnerablemente y sustituir las acciones destructivas (p.e., bulling, procrastinación con los deberes, distracción en el aula, etc.) por formas de comunicación eficaces y por peticiones de ayuda.
Sin embargo, lo anterior, que es solo un ejemplo de cómo el desarrollo personal y las capacidades de contacto del docente pueden ser cruciales (¡más allá de la buena voluntad!), se apoya en una condición previa: «gozar de salud». Es decir en la Salud Mental Docente más allá de las siguientes concepciones, que se quedan a diferentes distancias del fondo del asunto:
- La salud como ausencia de síntomas observables de malestar psicológico (especialmente, porque hay condiciones cuya señal o síntoma no es estridente, sino que tiene que ver más con la dificultad para establecer contacto que con «sentirse bien»).
- En conexión con el punto anterior, la salud como bienestar psicológico o emocional, entendidos como sentimientos positivos, motivación alta, sensación de sentido y propósito e implicación en la docencia, como resultado de una buena capacidad para procesar y gestionar las emociones que surgen en el día a día. Y por supuesto, también como resultado del cultivo de emociones positivas que contrarresten el peso de las emociones negativas. En el contexto de un buen enfoque integral, esto sería un factor de prevención, pero no el único pues, en ese caso nos recordaría más a la expresión «pan para hoy… hambre para mañana».
En definitiva, la Salud Mental Docente importa porque los docentes y educadores importan. Pero también porque es un «factor silencioso» de la calidad de la enseñanza y de la posibilidad de llevar adelante la misión educativa. Y, en ese sentido, reclama una concepción más exigente e integradora y con pocos miedos al «qué dirán» o al estigma: una concepción basada en el autoconocimiento transformador que cura heridas y libera o ayuda a resolver estados emocionales atascado.
Esos estados mantienen a la persona en tensión (lo sepa o no) y limitada para enganchar productivamente consigo misma, con otras personas (alumnos, familias y compañeros) y vivir y trabajar sanamente. Liberar esos estados es el reto de una intervención psicológica orientada a la Salud mental y no solo a cultivar el Bienestar Emocional.
Dicho de otro modo: ¡la Salud Mental va primero!